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Recuerdo las primeras veces que salí a repartir comida caliente a las personas sin hogar, las sensaciones eran indescriptibles. Recuerdo tener ganas de ayudar, respeto a lo desconocido, alegría por saber que estaba haciendo algo bueno y tristeza por no poder ser de más ayuda. Una gran mezcla de sentimientos a flor de piel difíciles de asimilar a la vez. Sin embargo, el sentimiento que más me sorprendió tener fue el egoísmo. Fue extraño intentar entender porque me sentía así. Era yo el que estaba dando de comer a personas que desgraciadamente no tenían que llevarse a la boca, era yo el que daba su tiempo libre a recorrer Palma con cestas llenas de comida… Pero allí estaba. ¿Por qué me sentía egoísta? No lo descubrí pronto, ni siquiera puedo decir que hubiese algo que hiciese darme cuenta. Supongo que con el tiempo lo interioricé y un día, al pensar en ...

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